sábado, 22 de junio de 2019

GUERRA O PAZ, Y DISFUNCIONES SOCIO-AMBIENTALES EN COLOMBIA



 

Por: Gonzalo Duque-Escobar*

Si bien la firma del histórico acuerdo de la Habana no es la Paz, si es una oportunidad para crear condiciones propicias que permitan emprender los complejos procesos con que ésta se construye, a partir de una aceptación colectiva y de un cambio de actitud personal, como condiciones necesarias de soporte para las reformas estructurales, urgentes pero de largo plazo, que resolverán las disfunciones socioambientales que se han venido acumulando por más de medio siglo, como consecuencia de un Estado débil y de un modelo económico que al cooptarlo con la reforma a la Carta de hace 25 años, ha acentuado la inequidad, facilitado la corrupción y favorecido la violencia que explica cerca de ¾ de millón de víctimas mortales y más de cinco millones de desplazados, causados por el conflicto armado.
Ahora, por no haberse logrado una reforma agraria en 200 años de creada la república, ni haberse modernizado el Estado colombiano durante las dos décadas del Frente Nacional, ni con la Asamblea Constituyente de 1991, al igual que las guerras civiles del siglo XIX y la violencia partidista, sin que haya quedado base histórica alguna de logros en materia de igualdad de oportunidades en beneficio de las bases sociales y en particular para beneficiar a los campesinos, también ahora pese al acuerdo de paz concluyendo el conflicto de los últimos cincuenta años que produjo más de doscientas mil muertes, con la violencia implementada por nuevos actores armados, sumada a la desaparición sistemática de líderes sociales, a la arremetida de actividad extractiva y a las trabas políticas al proceso de paz por parte de los sectores más retardatarios que objetan la JEP, se continúa desplazando al campesino hacia las ciudades. 
El solo hecho de un referendo que decide desde la ciudad el problema que agobia el campesino al auscultar la opinión, fortalece la democracia. Ahora, si pareciera que apostarle a no perpetuar el conflicto mediante la vía del perdón no fuera importante, basta considerar las consecuencias de unas relaciones asimétricas, en las que los pobres son cada vez más pobres y los ricos más ricos, y en la que se advierte la brecha entre los colombianos rurales y urbanos, lo que obliga a parar el conflicto armado para ubicar a las personas en el centro del desarrollo, en vez de persistir con la vía de las armas para mantener vigentes las políticas públicas que en beneficio del Mercado vulneran los derechos humanos, en lugar de fortalecer el Estado Social de Derecho. 
Al examinar la fragmentación y la crisis social en un panorama agravado por la impunidad presente en el ejercicio de impartir justicia, por la corrupción de quienes usurpan la voluntad de los servidores públicos, por la inseguridad generalizada que siembra temor y desesperanza en las personas, por la violencia en la familia, en las escuelas y en el trabajo, y por la pérdida de confianza en las instituciones y en las personas que las representan, queda claro que siendo fundamental la desmovilización de la guerrilla, la Paz sólo es posible si entre otros asuntos, además de atender la grave problemática socio-ambiental , 1- se fortalece el Estado a través de la democracia mediante la gobernanza y el fortalecimiento de la sociedad civil; 2- se armoniza el desarrollo de los mercados internos sin doblegarlos al interés económico de las multinacionales; 3- se implementan reformas en las políticas laborales afectando variables económicas y financieras; 4- y se desarrollan políticas fiscales y monetarias que antes que conceder privilegios y reprimarizar la economía, permitan incrementar la base tributaria para financiar el gasto público destinado a programas sociales y a la construcción de la Nación. 
Definitivamente, porque sin la reforma de las leyes que menoscaban el bien general, el empleo no crecerá conforme se dé el crecimiento económico, los devenires económicos generarán conflictos sociales y políticos, y el mal tiempo para la democracia afectará el clima para La Paz que todos buscamos. Veamos:

Colombia: ¿muere el país rural? (0)

Si a nivel mundial, el carácter de un territorio suele calificarse de rural o urbano, Colombia por ser un país de regiones donde el 94% de la tierra es rural y el 30% de las personas vive lejos de las urbes, aún sigue siendo un país fundamentalmente rural. Allí, donde el 80% de los propietarios son minifundistas, ya que según el Censo Nacional Agropecuario, las Unidades de Producción Agropecuaria (UPA) de menos de 0,5 hectáreas representan el 70,4% del total de UPAS, tenemos que el 77% de la tierra está en manos del 13% de los propietarios, y el 30% le pertenece al 3,6% que son latifundistas. Examinemos las limitantes históricas de su desarrollo y las determinantes de la nueva ruralidad.
En primer lugar, la estructura de la propiedad de la tierra caracterizada por un Gini de la tierra del 0,88 (Oxfam, 2016), medida de la desigualdad que en lugar de bajar crece tras medio siglo de violencia y despojo de tierras, lo que se traduce en una regresión a la reforma agraria, cuya historia fallida pasa por las leyes de tierras de 1936 y de 1944, la creación del Incora (Ley 135 de 1961 y Ley 1ª de 1968 que la modifica), la Ley de Amnistía de 1982, la Ley 30 de 1988 y la Ley 160 de 1994. Con todo esto, en las dos últimas décadas, de la superficie agropecuaria del país estimada en 44 millones de hectáreas, 6,6 millones equivalentes al 15% han sido despojadas.
Y segundo, las brechas de ingresos y pobreza entre ciudad y campo, dado que el ingreso medio percápita rural es la tercera parte del urbano; y para subrayar tal fisura, basta señalar que mientras la pobreza campesina llega al 66%, la indigencia es del 33%. Al respecto las dinámicas del empleo rural muestran hoy que el agro aporta el 20% de la población total en edad de trabajar; en dicho indicador, cacao, café, palma de aceite, banano y arroz, han sido los principales generadores de empleo, en este sector caracterizado por tasas de participación y ocupación altas y estables, pero con altos niveles de informalidad y baja remuneración.
Añádanse a este panorama, que: 1- los 7,7 millones de víctimas del desplazamiento forzado ocurrido desde 1985, según la Defensoría del Pueblo muestra una afectación desproporcionada sobre comunidades indígenas (6,2%) y afro-colombianas (21,2%); 2- la pobreza por acentuarse en los medios rurales y hacerse menos notoria en el ámbito de las mayores conurbaciones, tiene características territoriales bien definidas; y 3- el subdesarrollo rural que se relaciona con el bajo desarrollo del aparato productivo del campo, conduce a la precariedad de los indicadores sociales.
Ahora, el tema en el Plan Nacional de Desarrollo, que al olvidarse de la democratización de la propiedad de la tierra pareciera orientarse únicamente al necesario desarrollo agroindustrial, por olvidar lo fundamental del “Pacto por la equidad rural y el bienestar del campesino” fruto de una concertación, pareciera desconocer además del Acuerdo de paz, la Sentencia C077 de 2017 de la Corte Constitucional considerando a los campesinos y trabajadores rurales sujetos de especial protección constitucional, dada la deuda histórica por las condiciones de vulnerabilidad y discriminación que los ha afectado, así como por los desafíos que enfrentan con modelos agroindustriales que sustituyen la producción rural artesanal, y los cambios en usos y explotación de recursos naturales.
En el anterior contexto, entre otros factores que inciden en la nueva ruralidad colombiana, tenemos las cadenas agroalimentarias: de todo el potencial, únicamente 6 millones de hectáreas son aptas para el sector pecuario y 2 millones están en cuerpos de agua; y salvo en palma de aceite y en cacao donde el país aporta poco menos del 2% de la producción mundial, falta mayor participación en el mercado de productos con alto nivel de demanda, como maíz, aceite de soya, cítricos, y frutas tropicales. Al cultivo del café cuya crisis se refleja en una participación del 0,8% del PIB, se suma el precario mercado forestal donde Colombia participa con menos del 0.1% de la producción mundial, estimada 3.700 millones de dólares (FAO, 2015).
Para mitigar los impactos sobre la vida campesina, cuya producción artesanal no se puede confundir con industria ni agroindustria, una de las determinante debe ser el empoderamiento del territorio, donde los procesos de cambio que exigen objetivos relacionados con cultura rural y calidad de vida, demandan una educación centrada en el desarrollo humano como clave para alcanzar la equidad, y estrategias de ciencia, tecnología y cultura para elevar la productividad en el contexto del territorio, siempre y cuando se parta de la premisa de que el país le apostará a una verdadera reforma agraria que distribuya la tierra, dado que el problema real del campesino colombiano reside en la inequidad.
Lograr la necesaria interrelación entre los escenarios urbanos y rurales, respetando los derechos socio-ambientales del territorio como construcción social, puede conducir a un crecimiento económico con desarrollo, si para el efecto la Ley Zidres que entrega en concesión grandes baldíos y apalanca con tierras el desarrollo agroindustrial del país, en las políticas agropecuarias hubiera implementado una reforma agraria para democratizar la propiedad, ya que la inequidad en la tenencia de la tierra es quizás el mayor lastre que ha impedido el desarrollo rural de Colombia en 200 años de historia: en la cosmovisión del campesino, la tierra como factor productivo y vínculo cultural es un bien fundamental e inalienable.

Máscaras de guerra y paz (1)

En estos tiempos de grandes decisiones y cambios fundamentales como los que supone la Paz que soñamos tantos colombianos, naturalmente van saliendo dificultades surgidas del conflicto de intereses entre las partes, como de la incapacidad consustancial de algunos actores sociales con precario desarrollo conceptual. Las primeras de aquellas, por regla general consecuencia de posturas antes veladas y ahora abiertas de quienes tienen más poder del que merecen y que no desean perderlo, y las segundas, fruto de una percepción limitada del mundo, la que se expresa en desconfianza para actuar con acierto, por parte de una inmensa mayoría de colombianos, que desafortunadamente beben mensajes cargados de pasiones y malas intenciones, orquestados por los primeros.
Hace lustros escuchaba en mi Universidad al respecto, de un importante académico de esos que sueñan con la construcción de la Nación, la tesis anterior ilustrada con una magistral idea: el establecimiento en que se soporta una sociedad, después de todo necesariamente termina por cumplir su vida útil tras un ciclo de evolución,  razón por la cual, tras la intensificación de los conflictos surge la crisis y con ella la necesidad de un cambio estructural. Una imagen para ilustrar la dinámica de semejante proceso, es la de un espacio que estando atado a un ordenamiento propio de su estado inicial, tras el surgimiento de una nueva sociedad y las nuevas circunstancias, exige liberar sus ataduras para dilatarse, reacomodarse y cerrarse de nuevo, con otras fronteras y posibilidades para los actores; pero es allí donde algunos, tras liberar las ataduras del establecimiento, al no saber a dónde ir ni cómo moverse para sacar legítima ventaja, terminan atentando contra el proceso y rompiendo compromisos.
Para nadie es un secreto que la historia social de Colombia, ha estado cruzada por la injusticia de unos privilegios e inequidad relevantes; que la distancia ideológica entre liberales y conservadores, al no generar contradicciones políticas solo cierra espacios y  alternativas de participación; y que el excluyente lenguaje de la competitividad tan solo ofrece opciones reales para una reducida fracción de la población. En ese orden de ideas, sólo con estos elementos podría trazarse un escenario de acuerdos fundamentales, a partir de los cuales se implementen políticas para corregir la inequidad, cerrar la profunda brecha de ingresos promedio entre ciudad y campo, democratizar las oportunidades políticas en bien de la sociedad civil, destronar el imperio de una corrupción que se escuda en la impunidad de la justicia, y corregir los factores económicos y políticos que históricamente oprimen a las grandes mayorías.
A modo de ejemplo, el conflicto de la tierra donde la verdadera inequidad resulta visible solo cuando se mide la concentración de la propiedad a partir de los precios de mercado y no de la extensión de los predios como suele presentarse, o de los impuestos dado que el valor en el registro predial tampoco funcionaría cuando sabemos cómo la corrupción afecta el sistema predial ejerciendo influencias sobre alcaldes y demás funcionarios para subvalorar la propiedad, como pago de favores por el financiamiento de campañas electorales. Dicho conflicto, importante por su rol como dinamizador histórico, ya que tras las guerras civiles del siglo XIX consecuencia de la ambición política y alimentada por la pobreza en un escenario profundamente rural, terminadas las contiendas pero no los conflictos, se crean las condiciones para la violencia partidista de mediados del Siglo XX, cuya causa fundamental parte de una problemática social desatendida, como son las necesarias reformas laborales para los trabajadores y el acceso a la tierra para los campesinos, dos temas que resultan eclipsados por la disputa bipartidista del poder.
Y mientras sigan persistiendo el divorcio entre “país político y país nacional” manteniendo cerrado el escenario de participación política, el atraso del campo expresado en una brecha de productividad e ingresos, y los aires guerreros que camuflan el enfrentamiento del campesinado con los propietarios de tierra intentando perpetuar la inequidad, se perpetuará la actual violencia insurreccional que se vive en el campo, y posiblemente se hará más compleja la solución a los nuevos conflictos urbanos, que ya se multiplican y extienden más allá de las metrópolis colombianas, alcanzando las pacíficas ciudades de la zona cafetera.
Lo anterior no solo para advertir que, si bien el ritmo en que surgen los conflictos y su potencial intensidad serán crecientes en virtud de la acelerada dinámica y mayor complejidad de los cambios de vida y experiencias sociales en el curso del tiempo; también más allá de un simple acuerdo para detener la guerra sin atender los males que la explican, el proceso de paz necesariamente debe alcanzar acuerdos mínimos para trazar políticas y emprender acciones sociales, económicas y ambientales, suficientes para desencadenar cambios estructurales, como resultado fundamental para la construcción de una Nación más digna.

Retrospectiva de la Constitución Política (2)

El 4 de Julio de 1991, al firmarse en Colombia la reforma fundamental a nuestra carta máxima, fruto de un consenso entre partidos, pasamos del Estado de derecho de 1886, a un Estado social de derecho, en el que se consagran además de los derechos fundamentales de los ciudadanos, otros derechos económicos, sociales y colectivos, y varios mecanismos como la tutela y las acciones populares para asegurarlos, creándose al tiempo la Defensoría del pueblo como un instrumento para velar por los derechos humanos.
Como antecedente lejano, si tras la crisis de los años 30 habíamos abandonado el modelo agrario e incursionado en el de sustitución de importaciones bajo los preceptos Cepalinos, más adelante facilitamos la dictadura de Rojas para enfrentar la violencia política, y en 1957 mediante un plebiscito creamos el Frente Nacional como una coalición bipartidista, para modernizar el Estado. Pero en los 90, con la presencia guerrillera y los aires de la modernidad, era evidente que el fin no se había alcanzado: pese a los cuatro gobiernos que se repartieron el poder, el Estado no logró crear las condiciones para fortalecerse, resultando así un “para-estado” que lo sustituyo conformado por quienes ejercían la justicia por su propia mano y por organizaciones que lo cooptaron, además de la presencia de actores armados. 
Fue entonces cuando las dinámicas de la apertura económica facilitaron una nueva reforma constitucional para adecuar el Estado, dándose de paso el cambio de la democracia representativa por la participativa, al consignar en ella novedosos elementos como el respeto por las minorías étnicas, la libertad de cultos y la equidad de género, y diferentes mecanismos de participación democrática como la consulta popular, el plebiscito, el referendo, el cabildo abierto, la iniciativa legislativa y la revocatoria de mandato. Y en materia de derechos ciudadanos, se crearon la acción de cumplimiento, la acción popular, la acción de legalidad, las acciones de grupo, el derecho de petición, e instrumentos como las juntas de vigilancias, veedurías ciudadanas, y audiencias públicas, al tiempo que se estableció que “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. 
También ha habido reformas sustantivas a la carta: la transferencia de recursos a las entidades territoriales, la expropiación de bienes sin indemnización por razones de interés social, la extradición de nacionales por delitos cometidos en el exterior, la expansión del régimen pensional para incluir a casi toda la población, la pérdida de derechos políticos por delitos contra el patrimonio del Estado, y la reelección presidencial inmediata, entre otros. 
Ahora, si en materia económica se crearon las bases para dar paso a la economía de mercado bajo los preceptos del modelo neoliberal, al admitir que el Estado enajenara o liquidara sus empresas monopolísticas que no cumplan los requisitos de eficiencia, así promoviera la democratización de la titularidad permitió otorgarle a terceros el desarrollo de su actividad económica. Entonces, al desmontar el Estado Keynesiano, esta vez pudieron más el modelo neoliberal y la apertura económica, que el carácter democrático de la Constitución; a modo de ejemplo, basta ver los efectos de la Ley 100 de 1993 sobre la salud, las pensiones y los riesgos profesionales, que desdiciendo del espíritu solidario de la carta incorpora una política social subsidiaria y neoliberal, en beneficio de organizaciones empresariales de intermediación (EPS, IPS, ARS y ESE). 
Posiblemente, tras el cambio de modelo económico incorporado, aunque algo se ha logrado con la Constitución Política, el capitalismo salvaje parece haber podido más que la consagración de principios como la solidaridad, complementariedad y subsidiariedad, toda vez que a partir de los años 90, la institucionalidad del “para-estado” actuando con expresión militar, social, política y económica, ha prosperado y se ha acentuado como nunca en la historia del país. Basta escuchar las noticias sobre la muerte de niños Wayuu en Guajira para saber de la corrupción a través del soborno, la adjudicación indebida de contratos, el clientelismo y el desvío de recursos públicos; de la confrontación armada entre las FFAA y guerrillas para entender el flagelo de legiones de campesinos desplazados sin tierra que cargan las huellas de la violencia; o de la tragedia de líderes y reclamantes de tierras en Montes de María y Urabá muertos o afectados por presiones, hostigamientos y amenazas.

Tercera vía y desarrollo en Colombia (3)

Si deseamos un mejoramiento de la calidad de vida de los colombianos, debemos partir de la educación por ser un proceso con el cual se liberan y desarrollan las personas, formándolas en actitudes, valores y respeto por lo público, además de generar en los individuos capacidades que les permita actuar como miembros de la sociedad civil de forma responsable con el medio ambiente y con visión de futuro, decidiendo sobre los asuntos propios del hábitat. Al respecto, antes de abordar la calidad de la educación, habrá que empezar por replantear el actual modelo educativo por anacrónico, al ser un tema de primer orden, dado que esta sociedad demanda formar en competencias para la nueva sociedad del conocimiento, sin perder de vista que nuestro particular contexto natural y cultural, responde al ámbito latinoamericano. 
Con la intensión de buscar soluciones a los problemas del país, de conformidad con la triada priorizada para el período Santos II, “Paz, equidad y educación”, el gobierno implementará propuestas en el marco de “La tercera vía”, un híbrido que toma elementos del capitalismo y del socialismo para seleccionar alternativas y argumentar opciones acordes con una visión no conflictiva del futuro, pero trazando políticas públicas en un mundo cada vez más abierto, donde a primera vista no habría posibilidad práctica de encontrar tres vías y tampoco una tercera desde la perspectiva de la teoría económica, salvo que la propuesta sea priorizar la formación de capital social sobre el crecimiento económico, y no la fórmula contraria que nos ubicó en un sitial de privilegio entre las naciones menos equitativas del planeta.

Lo anterior, porque en la realidad colombiana donde paros agrarios, conflictos mineros y desempleo formal caracterizan a esta sociedad, dada la naturaleza compleja tanto del sistema social como del natural, la problemática socio-económica en un escenario premoderno como el nuestro, no puede admitir respuestas simples, dado que en virtud de la naturaleza de las relaciones entre colectividades humanas y medio ecosistémico, más allá del neoliberalismo y del keynesianismo, necesariamente se dan muchas formas de capitalismo y múltiples formas en la organización social, incluyendo la democracia comunitaria. Para el efecto, veamos nuestras circunstancias en las tres dimensiones del desarrollo: 
En lo ambiental, durante los últimos años, la deforestación que alcanza niveles del 41% en la Región Andina, aunque en Colombia las tasas hayan disminuido, ha pasado factura con inundaciones y sequías por toda la geografía nacional, y con la contaminación hídrica por los vertimientos industriales y agroindustriales principalmente, así seamos el sexto país del mundo en oferta de agua, hemos comprometido el 50% del valioso patrimonio: con sendas problemáticas, nuestros ecosistemas se han desmejorado de forma sistemática, incluidos páramos y humedales legalmente protegidos, pero también los bosques andinos que permanecen a la deriva, por lo que una proporción considerable de la biodiversidad está amenazada. 
En lo social, nuestras principales problemáticas se relacionan con violencia, conflicto armado, desplazados, narcotráfico y corrupción. Mientras la guerra históricamente ha estado ligada al desarrollo económico colombiano, la violencia ha partido del ejercicio indebido del poder buscando el control y asalto del Estado, para acumular tierras y riqueza. Y como fenómenos asociados, además del desplazamiento forzado cuyas víctimas sumarían 5 millones, tenemos el narcotráfico ejercido por bandas criminales dedicadas al microtráfico, sicariato y extorsión, o por las Bacrim herederas de las Auc, quienes retomaron el control de las actividades criminales de paramilitares y narcotraficantes. 
Y en lo económico, aunque los temas sustantivos se relacionan con inequidad y pobreza, empleo y productividad, crecimiento económico, inversión en infraestructura y balanza de pagos, aunque el país ha presentado notables avances los principales problemas se asocian, en primer lugar, con la inequidad, que a diferencia de la pobreza resulta más difícil de resolver; en segundo lugar, con la falta de acceso a un empleo de calidad y con la obsolescencia del aparato productivo, consecuencia de una brecha de productividad por carencia de políticas de ciencia y tecnología en especial para el agro, donde aquélla explica la concentración del ingreso en los medios urbanos; y por último la salud, dada la falta de cobertura y dificultades de acceso equitativo a servicios de buena calidad en forma oportuna y eficiente.

Terrorismo y guerra, la ruta equivocada (4)

Cincuenta años de guerra, no sólo le han dejado a Colombia dolor y el pasivo humanitario por una violencia que le pasa factura a ricos y pobres, independientemente de si se trata de empresarios y terratenientes, o de campesinos, indígenas y afrodescendientes. Aparte de las ideologías políticas, el demencial acto del Eln por su carácter eminentemente terrorista y cuya autoría ya ha admitido, ha recibido un rechazo generalizado no sólo de diferentes actores de la clase política, y de intelectuales, líderes sociales y personas del común, sino también de organismos internacionales.
El atentado del pasado jueves 17 de enero en la Escuela de Cadetes General Santander, cobrando la vida de jóvenes policías desarmados que se formaban, por ser una declaración de guerra que vuelve a poner al país ante un pasado doloroso, que va en contra del desarrollo de los procesos de paz y de reparación a las víctimas, también beneficiaría a otros actores del conflicto armado colombiano, como los que vienen masacrando líderes sociales para beneficiarse de la ilegalidad o de la guerra, al igual que a bandas criminales y disidencias que disputan territorios.
Posiblemente las dificultades del proceso de Paz alimentaron la iniciativa del grupo guerrillero, cuya capacidad de actuar aisladamente con sus milicias como grueso de su organización donde los combatientes constituyen sólo una fracción, tampoco ha podido ser desmantelada por el Estado colombiano. Recuérdese que en el último lustro, conforme el Eln empieza a financiarse mediante el secuestro, la extorsión, la minería ilegal y el narcotráfico, fortalece su estructura de unos 1800 miembros, con fuerte presencia en Arauca, Catatumbo, Chocó, Magdalena Medio, Bajo Cauca, Cauca y Nariño.
La lección que deja el proceso de Paz, es que optar por la confrontación armada en lugar de una negociación, conlleva a campos minados, reclutamiento de niños, desplazados y víctimas, y como tal a la violencia que asola los medios rurales y que ahora amenaza los centros urbanos… En las mesas de diálogo con el Eln, aunque no nunca se iniciaron negociaciones, se esperaba un acuerdo humanitario para mitigar la violencia y prevenir confrontaciones, mientras se llegaba a acuerdos que deberían apuntarle a las causas reales del conflicto, un asunto tan complejo como sus orígenes y efectos.
Seguramente, las condiciones para la confrontación armada en Colombia, que parten de las guerras civiles del siglo XIX y luchas agrarias de principios del siglo XX, pasan por la fallida reforma agraria de la “Revolución en Marcha” en los años 30, que por no contener las luchas campesinas desemboca en la violencia partidista de los años 40 y 50. Aunque lo anterior lleva a la creación del Frente Nacional como estrategia para modernizar el Estado, el fracaso de esta fórmula bipartidista, y el aporte ideológico en los años 60 de las revoluciones cubana y cultural china, dan origen no sólo al fortalecimiento sindical, sino también a las guerrillas como estrategia de lucha agraria en Colombia.
Ahora, mientras las cabezas del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición hacen una declaración conjunta, rechazando el atentado y solidarizándose con las víctimas, en la que invitan a que esta realidad tan dura no nos arrebate la esperanza, y llaman a no retroceder en la búsqueda de la paz, la verdad, la justicia y la no repetición; contrariamente, otras voces argumentando que las diferentes guerrillas marxistas en Colombia en lugar de propuestas políticas con sus atentados llevan el terror, también sin importarles el costo en vidas humanas proponen la vía armada como única alternativa para combatirlas, en lugar de una respuesta social con acciones concertadas que se desprendan del conocimiento de las dinámicas del conflicto y de una reflexión sobre posibles soluciones pacíficas.
En consecuencia, entre la guerra y la paz habrá que encontrar la verdadera alternativa, razón por la cual invitamos al Eln a construir una opción diferente con sentido político y de esperanza, que logre civilizar el conflicto a partir de acuerdos mínimos para construir la paz, dado que la vía armada lo único que le ha aportado al país es la pobreza que prevalece en el campo y en regiones marginadas, donde miles de habitantes obligados a abandonar sus tierras, huyen para protegerse hacia los centros urbanos donde engrosan los cinturones de miseria.
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(*) Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y Miembro de la SMP de Manizales. Créditos: (0) [Ed. Circular RAC 635] (0) [Ref.: La Patria/ Manizales, 2019-06-17.]  (1) [Ref.: La Patria/ Manizales, 2013-02-04.]  (2) [Ref.: La Patria. Manizales, 2016.08.02] (3) [Ref. La Patria, Manizales, 2014.08.18] (4) [La Patria. Manizales, 2018-01-28]. Imagen, en: festivalcolombiepaixjustice.wordpress.com. Posted by godues on September 14, 2016 • Actualized 2019.
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Fuentes Bibliográficas:
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Bioturismo y ruralidad en la Ecorregión Cafetera. Duque Escobar, Gonzalo (2011). In: Paisaje Cultural Cafetero: amenazas y oportunidades, Jueves 1° de Septiembre de 2011, Auditorio de Confamiliares de Caldas.
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Clima extremo, desastres y refugiados. Duque Escobar, Gonzalo (2016) La Patria, Manizales, Colombia.
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Colonización, fundaciones y conflictos agrarios. Albeiro Valencia Llano (1994) Imprenta Departamental de Caldas. Manizales
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Un millón de hogares campesinos en Colombia tienen menos tierra que una vaca. Antonio Paz Cardona / Mongabay Latam (2018) Semana sostenible. Colombia.
Visión Colombia Segundo Centenario: 2019. DNP (2019), Bogotá, Colombia.

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lunes, 17 de junio de 2019

Colombia: ¿muere el país rural?

Por: Gonzalo Duque-Escobar *
RESUMEN: En el examen del problema rural de Colombia, más que la dotación de recursos, lo que interesa es su distribución y las estrategias de un desarrollo integral, entendido como la contribución del crecimiento económico a la corrección estructural de las causas de desequilibrios sociales y regionales del territorio manteniendo su integridad; si las políticas para el campo, en lugar de democratizar la tierra y fortalecer la economía rural, se reducen a mitigar la pobreza recurriendo al asistencialismo y a propiciar procesos caóticos de colonización y dinámicas de migración campo-ciudad, además de agravar la estructura concentrada de la propiedad terminan desconociendo un derecho fundamental de la cultura campesina, favoreciendo el despojo de tierras e impidiendo la construcción de la Paz de Colombia. PDF: Colombia: ¿muere el país rural? 
Si a nivel mundial, el carácter de un territorio suele calificarse de rural o urbano, Colombia por ser un país de regiones donde el 94% de la tierra es rural y el 30% de las personas vive lejos de las urbes, aún sigue siendo un país fundamentalmente rural. Allí, donde el 80% de los propietarios son minifundistas, ya que según el Censo Nacional Agropecuario, las Unidades de Producción Agropecuaria (UPA) de menos de 0,5 hectáreas representan el 70,4% del total de UPAS, tenemos que el 77% de la tierra está en manos del 13% de los propietarios, y el 30% le pertenece al 3,6% que son latifundistas. Examinemos las limitantes históricas de su desarrollo y las determinantes de la nueva ruralidad.
En primer lugar, la estructura de la propiedad de la tierra caracterizada por un Gini de la tierra del 0,88 (Oxfam, 2016), medida de la desigualdad que en lugar de bajar crece tras medio siglo de violencia y despojo de tierras, lo que se traduce en una regresión a la reforma agraria, cuya historia fallida pasa por las leyes de tierras de 1936 y de 1944, la creación del Incora (Ley 135 de 1961 y Ley 1ª de 1968 que la modifica), la Ley de Amnistía de 1982, la Ley 30 de 1988 y la Ley 160 de 1994. Con todo esto, en las dos últimas décadas, de la superficie agropecuaria del país estimada en 44 millones de hectáreas, 6,6 millones equivalentes al 15% han sido despojadas.
Y segundo, las brechas de ingresos y pobreza entre ciudad y campo, dado que el ingreso medio percápita rural es la tercera parte del urbano; y para subrayar tal fisura, basta señalar que mientras la pobreza campesina llega al 66%, la indigencia es del 33%. Al respecto las dinámicas del empleo rural muestran hoy que el agro aporta el 20% de la población total en edad de trabajar; en dicho indicador, cacao, café, palma de aceite, banano y arroz, han sido los principales generadores de empleo, en este sector caracterizado por tasas de participación y ocupación altas y estables, pero con altos niveles de informalidad y baja remuneración.
Añádanse a este panorama, que: 1- los 7,7 millones de víctimas del desplazamiento forzado ocurrido desde 1985, según la Defensoría del Pueblo muestra una afectación desproporcionada sobre comunidades indígenas (6,2%) y afro-colombianas (21,2%); 2- la pobreza por acentuarse en los medios rurales y hacerse menos notoria en el ámbito de las mayores conurbaciones, tiene características territoriales bien definidas; y 3- el subdesarrollo rural que se relaciona con el bajo desarrollo del aparato productivo del campo, conduce a la precariedad de los indicadores sociales.
Ahora, el tema en el Plan Nacional de Desarrollo, que al olvidarse de la democratización de la propiedad de la tierra pareciera orientarse únicamente al necesario desarrollo agroindustrial, por olvidar lo fundamental del “Pacto por la equidad rural y el bienestar del campesino” fruto de una concertación, pareciera desconocer además del Acuerdo de paz, la Sentencia C077 de 2017 de la Corte Constitucional considerando a los campesinos y trabajadores rurales sujetos de especial protección constitucional, dada la deuda histórica por las condiciones de vulnerabilidad y discriminación que los ha afectado, así como por los desafíos que enfrentan con modelos agroindustriales que sustituyen la producción rural artesanal, y los cambios en usos y explotación de recursos naturales.
En el anterior contexto, entre otros factores que inciden en la nueva ruralidad colombiana, tenemos las cadenas agroalimentarias: de todo el potencial, únicamente 6 millones de hectáreas son aptas para el sector pecuario y 2 millones están en cuerpos de agua; y salvo en palma de aceite y en cacao donde el país aporta poco menos del 2% de la producción mundial, falta mayor participación en el mercado de productos con alto nivel de demanda, como maíz, aceite de soya, cítricos, y frutas tropicales. Al cultivo del café cuya crisis se refleja en una participación del 0,8% del PIB, se suma el precario mercado forestal donde Colombia participa con menos del 0.1% de la producción mundial, estimada 3.700 millones de dólares (FAO, 2015).
Para mitigar los impactos sobre la vida campesina, cuya producción artesanal no se puede confundir con industria ni agroindustria, una de las determinante debe ser el empoderamiento del territorio, donde los procesos de cambio que exigen objetivos relacionados con cultura rural y calidad de vida, demandan una educación centrada en el desarrollo humano como clave para alcanzar la equidad, y estrategias de ciencia, tecnología y cultura para elevar la productividad en el contexto del territorio, siempre y cuando se parta de la premisa de que el país le apostará a una verdadera reforma agraria que distribuya la tierra, dado que el problema real del campesino colombiano reside en la inequidad.
Lograr la necesaria interrelación entre los escenarios urbanos y rurales, respetando los derechos socio-ambientales del territorio como construcción social, puede conducir a un crecimiento económico con desarrollo, si para el efecto la Ley Zidres que entrega en concesión grandes baldíos y apalanca con tierras el desarrollo agroindustrial del país, en las políticas agropecuarias hubiera implementado una reforma agraria para democratizar la propiedad, ya que la inequidad en la tenencia de la tierra es quizás el mayor lastre que ha impedido el desarrollo rural de Colombia en 200 años de historia: en la cosmovisión del campesino, la tierra como factor productivo y vínculo cultural es un bien fundamental e inalienable.
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Una retrospectiva histórica
Imagen: Emberas- Chamíes. Fuente: Espacios Vecinos) y Evolución de la tenencia de la tierra en Colombia 1960-2014. Fuente: III Censo Nacional Agropecuario
Aunque la Constitución de 1886 definía la propiedad de la tierra como un derecho natural, gracias a la Reforma de 1936 que redefinió dicho derecho como “una función social que genera obligaciones”, se crearon las bases para la adopción de una legislación especial que tratara el problema de la tenencia de la tierra abordado en la Ley 200 de 1936; no obstante por razones políticas que frenaron las reformas liberales, el propósito de esta ley de tierras no alcanzó a materializarse. Posteriormente, pese a que las políticas de sustitución de importaciones y el proteccionismo keynesiano, contribuyeron a impulsar y modernizar la agricultura en Colombia desde mediados el siglo XX, entre 1951 y 1990 la población urbana del país pasó de 38% a 70%, al tiempo que la brecha educativa entre ciudad y campo se amplió al crecer la diferencia de 2 años en 1950 a 3,4 años en 1995.
Si a partir de los procesos de paz de los años ochenta y noventa del siglo XX, con la reforma a la Carta (1991) definiendo a Colombia no sólo como un Estado de derecho sino también como Estado social, en lugar de ponerle límite a los monopolios y oligopolios con la libre competencia, se dio un proceso de reconcentración de la actividad económica; y así el país haya pasado de una democracia representativo y clientelista a otra más participativa, en la que se democratizaron los procesos de descentralización, apareció el voto de opinión y se implementó el acceso a la justicia, el país no logró poner en cintura la corrupción, con lo cual el gasto público por no haber logrado ser factor de desarrollo económico y de equidad social, continúa postrando el campo.
En suma: por no haberse logrado una reforma agraria en 200 años de creada la república, ni haberse modernizado el Estado colombiano durante las dos décadas del Frente Nacional, ni con la Asamblea Constituyente de 1991, al igual que las guerras civiles del siglo XIX y la violencia partidista, sin que haya quedado base histórica alguna de logros en materia de igualdad de oportunidades en beneficio de las bases sociales y en particular para beneficiar a los campesinos – salvo en la región de la colonización antioqueña y en las nuevas zonas de frontera-, también ahora pese al acuerdo de paz concluyendo el conflicto de los últimos cincuenta años que produjo más de doscientas mil muertes, con la violencia implementada por nuevos actores armados, sumada a la desaparición sistemática de líderes sociales, a la arremetida de actividad extractiva y a las trabas políticas al proceso de paz por parte de los sectores más retardatarios que objetan la JEP, se continúa desplazando al campesino hacia las ciudades.
Finalmente, como evidencia del retraso relativo de las fuerzas productivas entre ciudad y campo en Colombia, entre 1970 y 1996 el Producto Interno Bruto (PIB) agropecuario aumentó en promedio 3,3% por año con tendencia decreciente, al tiempo que el PIB total entre 1970 y 1996 tuvo aumentos siempre mayores, llegando su promedio al 4,1% anual, así: 5,4% en los setenta 3,5% en los ochenta y 4,5% en lo corrido de los noventa.
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* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y Miembro de la SMP Manizales. http://godues.webs.com  Imagen: Gini de Tierras 2009 para Colombia. En: Informe de Desarrollo Humano 2009. [Referencia: Museo Interactivo Samoga, Manizales, 17 de Junio de 2019]
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Fuentes Bibliográficas:
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Visión Colombia Segundo Centenario: 2019. DNP (2019), Bogotá, Colombia.
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ENLACES U.N.
Agua como bien público.
Cultura y Turismo en Caldas.           
El agua en Colombia: glosas.
Noroccidente de Caldas: Un Territorio Forjado en Oro, Panela y Café. 



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sábado, 15 de junio de 2019

América Latina: reduce la pobreza, ¿pero la de la equidad qué?





Por: Claudia Torres Arango*


En lo corrido del siglo, América Latina ha reducido la pobreza, pero no la inequidad: sin reducir la inequidad las políticas sociales que combaten la pobreza no son sustentables, así exista crecimiento económico en el largo plazo; es decir, puede haber crecimiento sin desarrollo. Mientras la pobreza que se relaciona con la carencia de necesidades básicas se puede subsanar con asistencialismo, la inequidad alude que a la distribución inequitativa de los bienes y de la riqueza, requeriría, por ejemplo una reforma agraria para distribuir la tierra.

Lo anterior, supone que, tras una fase de crecimiento económico, sólo podrá darse desarrollo, si los beneficios del progreso se distribuyen entre toda la población, de forma sostenible de tal suerte que se  mejoren los niveles de vida de todos en conjunto”  (1) La principal variable para medir el crecimiento económico es el cambio cuantitativo en el Producto Interno Bruto PIB -indicador económico que refleja el valor monetario de todos los bienes y servicios finales producidos por un país o región en un determinado periodo de tiempo, normalmente un año, el este mide la riqueza de un país-. 

Contrariamente, el desarrollo económico es de carácter cualitativo, e implica el incremento de las condiciones de vida en los ciudadanos y su prosperidad de una forma generalizada; por ejemplo mediante “la mejoría de los sistemas de sanidad y educación, infraestructuras, esperanza de vida o capacidad económica de cada uno de los integrantes de la sociedad. También incluye el desarrollo de políticas sociales más igualitarias e inclusivas, así como el aumento de las libertades y derechos (como también de sus deberes) y de la participación del ciudadano en la vida política y comunitaria”  (2).

Aunque todos tenemos un concepto acerca de qué es la pobreza, una definición apunta a “la situación de no poder satisfacer las necesidades físicas y psíquicas básicas de una vida digna, por falta de recursos como la alimentación, la vivienda, la educación, la asistencia sanitaria, el agua potable o la electricidad”  (3); también podemos decir que la pobreza no es sólo individual, dado que también puede afectar a un grupo de personas o a una región geográfica. En los estudios sociales se distingue entre pobreza y pobreza extrema; esta última llamada miseria o indigencia es “aquella situación en la que una persona no puede acceder a la canasta básica de alimentos.”  (3).

Y sobre la vida digna, se dice que consiste en “llevar una existencia con las necesidades básicas cubiertas y en unas condiciones laborales y humanas con un mínimo nivel de bienestar”  (4). Comer a diario y satisfacer las necesidades personales y familiares, o gozar de buena salud y una situación ajena al peligro, no es suficiente, mientras no se goce de libertad personal, se viva alguna forma de opresión o existan dificultades similares en el entorno cotidiano. Y aunque todas las personas no son iguales, cuando no todas disfrutan de las mismas condiciones de bienestar se considera que existe desigualdad, dadas las diferencias o “falta de equilibrio entre dos o más personas”  (5).

La desigualdad tiene muchas facetas: a) social, cuando una persona recibe un trato diferente como consecuencia de su posición social o económica, religión que profesa, género, cultura de la que proviene o preferencias sexuales, entre otros aspectos. b) económica, sí se refiere a la distribución de la riqueza entre las personas. c) educativa, cuando supone que las personas no tienen las mismas oportunidades para acceder a una formación. e) de género, la que se produce cuando una persona no tiene acceso a las mismas oportunidades que una de otro sexo. f) legal, cuando las leyes o el funcionamiento de los tribunales favorece a unos individuos frente a otros  (5).

Donde encontramos pobreza o carencia de una vida digna vemos desigualdad entre las personas. Es que la equidad  mueve a dar a cada uno lo que merece sin exceder o disminuir; es justicia, imparcialidad en un trato o un reparto; es tratar a todos por igual respetando y teniendo en cuenta sus diferencias y cualidades  (6). Porque el concepto contrario alude a no brindar igualdad de oportunidades para acceder a bienes y servicios como vivienda, educación o salud, por lo tanto en justicia “es dar en todos los casos y siempre, lo que cada uno debiera tener, por su condición de ser humano”

Por esas paradojas de la vida el demógrafo y estadístico del fascismo italiano Corrado Gini ideó una forma de medir la desigualdad de un país en una escala de cero a uno, que también permite evaluar cualquier otra forma de distribución desigual. El principio es simple, si toda la riqueza del mundo estuviera en manos de una sola persona, el mundo tendría un coeficiente igual a 1; si toda la riqueza del mundo estuviera repartida en partes iguales, el coeficiente sería 0  (8).

El caso de América Latina

Para valorar la desigualdad comparemos el 10% de la población más pobre con el 10% de los más ricos, es decir el primero y el último decil para ver cómo se distribuye la riqueza o la renta. En América Latina Brasil, es el país más inequitativo, según el Centro de Estudios CEDLAS de Argentina (8);  ahora en toda la región, para 1999, el 10% más rico se quedaba con el 41,31% de la renta, mientras el 10% más pobre sólo se llevaba el 1,1%, lo que equivale a una diferencia de 37.5 veces. Dicha distribución al 2015 cambió: mientras el primer decil pasó a concentrar 1,6% de los ingresos, el último obtuvo el 35,9%, lo que equivale a una reducción de 37,5 a 22,4 veces, así la brecha siga siendo alta en toda la región.

Para el CEDLAS, los factores que explican esta reducción son varios: a) la educación, b) las políticas laborales de formalización del empleo, c) la política de fijación de salarios mínimos y d) el incremento en la transferencia a fondos para ingresos no laborales.

Entre 2000-2015 Bolivia fue el país que más redujo la desigualdad entre deciles: pasó de 149,2 a 29,3 veces para un cambio de 80% menos, con lo cual superó a Honduras y a Brasil donde las brechas fueron de 29,9 y de 33 veces en su orden; entre el primer y último decil Brasil con 34% superó a Uruguay (16%) y a Costa Rica (4%), que para el año 2000 eran los países más equitativos de la región.

Después de Bolivia, Ecuador fue el que más redujo la brecha al pasar de 63,2 veces a 22, para una disminución del 65%. Perú redujo la brecha un 60%, al pasar de 51,9 veces a 20,8, mientras Argentina pasó del 27,9 a 16,4 veces y Venezuela entre 1999 y 2006, la redujo al pasar de 25,3 a 18, 5 veces, aunque ahora al haber desatendido su aparato productivo, seguramente habrá hecho todo lo contrario, pero la Revolución Bolivariana desmontó las estadísticas públicas.

En Colombia se ha dado una reducción de la desigualdad entre 2002 y 2015 moderada, pues al comparar los deciles por departamentos esta ha variado entre 9 y 20% sin que se hayan dado cierres de brechas entre ellos. Antioquia, Atlántico y Bogotá han liderado la reducción de la desigualdad, mientras Caldas! Norte de Santander y Tolima se han quedado rezagados (9).
Según el Informe de Desarrollo Humano del PNUD del 2011, para el año 2009 el Gini de tierras en Colombia fue de 0,86, con lo cual el país registró una de las más altas desigualdades en la propiedad rural en América Latina y el mundo. Como referente, este Gini de tierras que ahora llega al 0,90 y según los datos de la Organización Internacional GRAIN elevaría a Colombia del séptimo al quinto lugar entre 87 países del mundo, puede explicar no sólo el origen del conflicto armado, sino también las dificultades del proceso de paz, ya que existen 6 millones de campesinos e indígenas desplazados que han perdido su tierra.

El PIB Regional


Mientras el PIB per cápita más alto de la región lo tienen Uruguay, Chile, Panamá y Argentina, con valores que oscilan entre 15.200 y 12.000 dólares; en la región la mayoría de los países son de ingreso medio alto: Costa Rica, Méjico, Brasil, República Dominicana, Perú, Ecuador, Colombia, Belice, Guatemala y Paraguay, con valores entre los 11.000 y los 4.000 dólares per cápita.

Considerando el coeficiente de GINI a junio de 2018, según el Banco Mundial los más inequitativos fueron en su orden: Brasil 51,3, Colombia 50,8, Panamá 50,4, Honduras 50,0 y Costa Rica 48,7, y los más equitativos Uruguay 39,7, El Salvador 40,0, Haití 41,1 Argentina 42,4 y Méjico 43,4.

En crecimiento y disminución del PIB durante 2017 según CEPAL, los países con mayor crecimiento de la riqueza en América Latina fueron: Panamá 5,3%, República Dominicana 4,9%, Nicaragua 4,9%, Paraguay 4,0% y Honduras 3,9%; y los países con peor desempeño fueron: Venezuela -9,5%, Cuba 0,5% Brasil 0,9%, Ecuador 1,0% y Haití 1,3%. El caso de Venezuela llama la atención dado que entre 2014 y 2017 el PIB se redujo 34%, razón por la cual a finales de 2017, al perder  cerca 1/10 de su riqueza en un solo año y con la inflación más alta del mundo 2616% y un PIB que cae 15% verá incrementada su pobreza tras la caída del ingreso real, y la secases de bienes básicos, alimentos y medicinas.

En el Foro Económico de Davos el informe Premiar el trabajo, señala que mientras la riqueza “muestra cómo la economía mundial posibilita que los más ricos sigan acumulando vastas fortunas, cientos de millones de personas luchan cada día para sobrevivir con salarios de pobreza” (10); en él mismo se revela que “el 82 por ciento de la riqueza mundial generada durante 2017 fue a los bolsillos del 1 por ciento más rico de la población, mientras el 50 por ciento más pobre -3.700 millones de personas– no recibió nada de dicho crecimiento”  (10). Al respecto Oxfam (
Confederación internacional de 19 organizaciones que trabaja junto a organizaciones socias y comunidades locales en más de 90 países, proporciona ayuda de emergencia, lleva a cabo proyectos de desarrollo a largo plazo y hace campaña por un futuro más justo), hizo “un llamamiento a los gobiernos para que garanticen bienestar funcionando para todas las personas y no solo para una afortunada minoría” (10).

De otro lado en el informe “La riqueza cambiante de las naciones 2018” elaborado por el Banco Mundial, la riqueza de Colombia equivale a 6,17 billones de dólares y representa 0,53% de la que existe a nivel global, cuya cuantía es de 1.143 billones de dólares; en dicho estudio el país es el quinto de la región con mayor riqueza per cápita, por lo que a cada uno de los casi 50 millones de habitantes del país le correspondería 129.289 dólares (367,6 millones de pesos) si se pudiera repartir (11), lo que desafortunadamente no sucederá.

Al respecto Clara López en Semana.com del 26 de marzo de 2019, en ¡Alerta! Se dispara la desigualdad, anota que la prensa anunció que el Grupo Argos creció 32% en 2018, y según EE feb 23, la ganancia total del Banco de Bogotá cerró en 2,93 billones durante 2018, un repunte de 53.9% con “tasas entre 12 y 20 veces el crecimiento real de la economía, muy por encima de las consideradas normales en el mundo capitalista” (12); añade también que las reformas económicas no hacen nada para remediar la situación, puesto que se rebaja la tasa impositiva a las empresas y se recarga el IVA a los consumidores.

Como colofón cabe preguntarse sobre las implicaciones éticas que conlleva el que la gran mayoría de la población viva en condiciones apenas se supervivencia y sobre las consecuencias que está situación conllevaría para la economía del país a largo plazo.


Referencia: artículo para la Revista Civismo 479 de la SMP Manizales. 

Referencias:

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2. Mimeza, Oscar Castillero. Principales diferencias entre crecimiento y desarrollo económico. s.l. : https://psicologiaymente.com/cultura/.
3. Definición de pobreza. s.l. : https://es.wikipedia.org/wiki/Pobreza.
4. Vida digna. s.l. : https://www.definicionabc.com/derecho/vida-digna.php.
5. Desigualdad. s.l. : https://eacnur.org/blog/que-es-desigualdad.
6. Equidad. s.l. : https://es.wikipedia.org/wiki/Equidad.
7. Corrado Gini y la desigualdad. s.l. : https://apuntesdedemografia.com/2015/08/12/corrado-gini-y-desigualdad/.
8. Pobreza y desigualdad de América Latina. s.l. : http://www.cedlas.econo.unlp.edu.ar/wp/publicaciones/.
9. Conozca el mapa de la desigualdad del ingreso en Colombia. s.l. : https://unperiodico.unal.edu.co/pages/detail/conozca-el-mapa-de-la-desigualdad-del-ingreso-en-colombia/.
10. En 2017 aumentó el abismo entre millonarios y pobres. s.l. : https://www.eltiempo.com/economia/sectores/desigualdad-aumento-en-el-2017-y-la-brecha-entre-ricos-y-pobres-.
11. ¿Cuánto dinero recibiría cada colombiano si se pudiera repartir la riqueza del país? s.l. : https://www.portafolio.co/economia/riqueza-en-colombia-2018-segun-el-banco-mundial.
12. ¡Alerta! Se dispara la desigualdad. s.l. : https://www.semana.com/opinion/articulo/sube-desigualdad-en-colombia-por-clara-lopez-obregon.
13. Pobreza y desigualdad de América Latina. s.l. : http://www.cedlas.econo.unlp.edu.ar/wp/publicaciones/.
14. En 2017 aumentó el abismo entre millonarios y pobres. s.l. : https://www.eltiempo.com/economia/sectores/desigualdad-aumento-en-el-2017-y-la-brecha-entre-ricos-y-pobres-175900.